La oportunidad y el riesgo de los macroproyectos
Metrópolis en desiertos, ríos artificiales, edificios desmesurados… la concentración de proyectos faraónicos indica capacidades inéditas, pero también riesgos equivalentes.
A finales de 2024, China daba luz verde a la construcción de la infraestructura en teoría más costosa del mundo: la presa hidroeléctrica en el río Yarlung Zangbo, en el cañón más profundo del globo terráqueo y cuya capacidad triplicaría a la presa de las Tres Gargantas. Unos 300 millones de personas podrían cubrir su demanda de electricidad gracias a ella, según la versión oficial. Mientras tanto, continúan las obras de tres grandes canales (unos 1.000 km. cada uno) de agua fluvial para que el sur dé de beber al norte. Cuando finalicen, la red conectará los cuatro mayores ríos chinos.
Arabia Saudí reanuda, tras un parón de siete años, la edificación de la Torre Jeddah, el primer rascacielos en superar los 1.000 metros de altura. Comienza las obras de otro edificio-récord, el cubo Mukaab (400 metros de lado y 400 de altura) destinado a vivienda, entretenimiento y lujo. Y mantiene el proyecto Neom que incluye The Line (ciudad lineal de 120 km.) y contaría con asistencia de robots, una pista de esquí en pleno desierto o un complejo industrial flotante.
Los estados del Golfo Pérsico y el nuevo imperio chino promocionan la mayoría de los proyectos con cientos de miles de millones de dólares en presupuesto. En la escala de las decenas de miles figuran muchos más. Por ejemplo, el parque recreativo de Dubái donde caben tres Walt Disney Worlds. La construcción de un puente de 36 kilómetros sobre el mar, primera fase para transformar el norte de Kuwait en una zona franca. La hasta ahora mayor infraestructura de irrigación del mundo, en Libia, un país sin ríos, avanza desde 1985 para abastecer las principales ciudades y en el futuro a gran parte del territorio desde un gigantesco acuífero. El tren japonés de levitación magnética cuya primera fase se completaría en dos años. La red de transporte en el área metropolitana de París. El mayor espacio de exposición del planeta, el Gran Museo Egipcio, que inauguró una parte en 2024. La mayor planta solar, en Australia. O el corredor industrial que unirá la capital administrativa, Delhi, con la capital financiera de India, Bombay. Y tantos otros.
Nunca había existido tal concentración simultánea de obras faraónicas, inéditas en el sentido de que muchas baten algún récord. Se deduce por tanto que nunca había existido la capacidad financiera global y la capacidad tecnológica, de ingeniería y de logística para acometer tales magnitudes.
Esa misma escala también aconseja interpretarlos con precaución. Una infraestructura grande pero no tanto puede ceñirse a plazos y presupuestos sin desviaciones drásticas. Los macroproyectos, sin embargo, enfrentan riesgos equivalentes a ese salto de escala tanto en la intervención física (construir en el desierto una metrópoli habitable) como temporal porque se planean a décadas vista. El triple canal chino, por ejemplo, tardaría medio siglo en completarse. El corredor californiano de alta velocidad para enlazar San Francisco y Los Ángeles se aprobó en 2005 y ha avanzado menos de lo previsto, lo mismo que el Ferrocarril del Golfo ante la dificultad de coordinar a seis estados y la financiación de 250.000 millones de dólares.
No es ninguna sorpresa que los saudíes hayan recalibrado a la baja el tamaño y los plazos de Neom-The Line. Algunos analistas comentan que a menudo las cifras anunciadas por los países promotores responden más a la imagen que quieren trasmitir que a la realidad operativa de los proyectos. Es decir, se sabe cuándo empiezan pero no tanto cuándo y cómo terminan. En el caso de los del Golfo Pérsico, cuyo objetivo es diversificar la economía para superar la dependencia del petróleo, dependen precisamente de eso, de los precios del crudo. Una caída a plomo puede significar el parón de las obras sine die. Los errores de concepto y planeación se pagan con el abandono, como en varias ciudades fantasma chinas o la Forest City de Malasia.
El balance de pros y contras parece igualmente incierto. Los megaproyectos pueden combinar necesidad pública razonable con megalomanía: la mayoría se desarrollan en países de poderío económico, pero también con regímenes autoritarios sin oposición o debate efectivos. Enfrentarse a las dificultades ingenieras a esa escala estimula la innovación y aporta una experiencia valiosa para obras similares. Y a la vez pueden acaparar inversiones necesarias para otras infraestructuras útiles. Incentivan la actividad de todo tipo de empresas proveedoras nacionales e internacionales, aunque también acaparan recursos y materias primas. El trabajo a un plazo tan largo facilita una planeación estable, pero se expone a imprevistos como los cisnes negros, o a que el surgimiento de tecnologías disruptivas vuelva obsoletas las aplicadas.
Agència exclusiva n. 8431
Acrescentar contacto à agenda