Redes eléctricas, la conexión de la economía
La inyección de millones para ampliar las redes eléctricas intenta, contrarreloj, evitar un cuello de botella entre generación y consumo.

El desarrollo a diferentes velocidades de infraestructuras interdependientes puede frenar el progreso económico. Ocurre en el macrosector eléctrico. Por un lado, avanzan las tecnologías de generación, particularmente las renovables, y la electrificación masiva multiplica la demanda tanto en volumen como en complejidad de consumidores (procesos industriales, centros de datos, recargas de vehículos, climatización, electrificación de superestructuras como los puertos, y un largo etcétera).
Pero no avanzan al mismo ritmo las redes que transportan y distribuyen energía entre generación y consumo. Un clásico cuello de botella. La saturación del 87% de los nodos de conexión en España es un dato revelador, junto con otras muchas cifras. Por ejemplo: EY calcula el crecimiento de la demanda eléctrica española entre el 33% y el 54% para 2030. La Agencia Internacional de la Energía considera necesario añadir o renovar 80 millones de km hasta 2040 en todo el mundo, el equivalente a la actual red global. Europa, donde el 40% de la red supera los 40 años de antigüedad, necesita duplicar la capacidad de transmisión transfronteriza antes de 2031.
Se trata de una carrera contrarreloj y tanto la administración nacional como la comunitaria prevén aumentar el presupuesto para modernizar y tender redes. En este sentido, la propia Unión Europea empieza a reconocer que la tramitación burocrática contribuye a plazos de ejecución de hasta 15 años, demasiados para la transición económica y energética dependiente de esas infraestructuras. Además de invertir más, hay que invertir bien y agilizar, recuerdan diferentes actores del sector.
Sin embargo, la inyección de dinero público y privado en redes inteligentes, basadas en gestión digital y automatización, puede acelerar la eficiencia tecnológica. Y no solo en el despliegue desde cero de nueva infraestructura. Países como Estados Unidos empiezan a aplicar las ATT (tecnologías avanzadas de transmisión) para modernizar redes existentes, cuyo software modeliza demandas y condiciones climáticas para redistribuir la energía hacia líneas con capacidad disponible.
Reforzado con Inteligencia Artificial, el control bidireccional de datos flexibiliza la gestión de una producción y una demanda cada vez más distribuidas, incluida la multiplicación de prosumidores que vierten energía a la red; también en las instalaciones fotovoltaicas de autoconsumo, y en tecnologías emergentes que usan las baterías de los vehículos conectados para responder a picos de demanda en la red general.
Las nuevas generaciones de software de gestión, medidores y sensores aportan funciones inéditas como la autorreparación desde las salas de control de los operadores para mejorar, por ejemplo, la clasificación dinámica de las líneas (DRL) en tiempo real. La combinación de gemelos digitales e IA anticipa patrones de consumo y simula escenarios para dimensionar las redes y, con ellas, las inversiones.
No solo facilitan la integración de fuentes intermitentes como las renovables, también microrredes de almacenamiento que pueden acumular energía en fases de baja demanda o alta generación y liberarla cuando los precios son más elevados, además de asegurar el suministro, por ejemplo, a un área industrial, si la red general sufre un apagón.
En paralelo, avanzan componentes como los cables de aluminio con núcleo de fibras de carbono, vidrio y resina, más ligeras y eficientes para soportar tensiones que las fibras cerámicas. Algunos proyectos reportan notables mejoras en capacidad de transmisión y reducción de pérdidas. Por su parte, los cables superconductores (HTS, de momento solo en zonas urbanas críticas por su alto coste) minimizan la resistencia a la corriente y se refrigeran con nitrógeno líquido o helio para soportar bastante más potencia que los cables convencionales.
Otras líneas de innovación en componentes son los aislantes fabricados con nanomateriales o polímeros más resistentes a las sobretensiones, o los transformadores de estado sólido especiales para la gestión bidireccional de la red. El mercado global de equipos de transmisión y distribución podría crecer de los 500.000 millones de dólares en 2025 a casi 700.000 millones en 2030, mientras el de hardware, software y servicios de smart grids se multiplicaría casi por tres.
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